No quiero ser turista

Compartir artículo

ARTÍCULO PUBLICADO EN FIFTIERS MAGAZINE, NÚMERO 0

VERSALLES EN ESPAÑA

Francesca Garrigues Aldrich – Co Fundadora de LA FARM

Nunca pensé que acabaría emprendiendo y viviendo tantos días de la semana en un pueblo. Yo, urbanita declarada, con tantos años trabajando en multinacionales, de esas que saben más de edificios que nombres de árboles, me descubrí un día casi instalada en La Granja de San Ildefonso, Segovia. Cuando lo cuento, la reacción es siempre la misma: «¿y qué haces allí? En media hora ya te lo recorriste entero». Y sí, es cierto que en treinta minutos puedes caminar por sus calles, saludar a la mayoría de los vecinos, encontrarte con el alcalde, y reconocer cada plaza y cada fuente. Lo que pocos saben es que desde aquí en apenas veintisiete minutos también estás en un teatro de la Gran Vía madrileña, o en el Alcázar de Segovia. En treinta minutos recorres el pueblo; en el mismo tiempo, en un bar de Chamberí, con suerte, consigues pedir un café y todavía no te lo han servido. Vamos a llamarlo eficiencia rural: aquí la vida se mide en minutos de calma, pero el mundo entero queda a un paso.

Nunca pensé que un pueblo me daría tanto trabajo, y ya más de uno comparte mi opinión. He pasado media vida entre aeropuertos y grandes ciudades, y termino casi instalándome en un lugar donde, me encuentro de pronto frente al Palacio Real barroco de La Granja, con sus jardines que parecen un lienzo interminable y esculturas tan impactantes como cualquiera de Miguel Ángel. La primera vez que crucé los Jardines Reales entendí por qué llaman a este lugar el Versalles español. No es una comparación gratuita: los estanques reflejan las nubes con la misma solemnidad que en Francia, las avenidas se pierden en perspectivas infinitas y las esculturas, tienen un aire de grandeza que te obliga a detenerte. Hay mañanas en las que, al pasear entre fuentes y bosques, siento que camino dentro de un cuadro, como si la belleza se hubiera quedado a vivir aquí. ¡Doy las gracias a Felipe V por tener esta idea!

Y lo curioso es que, mientras en las grandes ciudades la belleza suele guardarse bajo llave, aquí basta con salir a pasear. Es un recordatorio de que lo sublime existe, de que la historia está viva y de que, después de los cincuenta, uno aprende entre otras muchas cosas, a saborear la lentitud. Caminar por aquí cada mañana es más barato que un spa… y bastante más impresionante.

Y luego está el paisaje, que parece empeñado en recordarnos cada día que vivimos a los pies de la Sierra de Guadarrama donde una guerra, la civil española, se llenó de historias por contar. Aquí el senderismo no es un deporte extremo ni una moda wellness, es lo que ocurre cuando sales a pasear y acabas en medio de un cuadro romántico. Antes hacía kilómetros en cinta mirando una pared blanca; ahora subo hacia el camino del chorro entre robles y pinos y me cruzo con un corzo como vecino silencioso. Ironías de la vida: aquí menos, es más.

La sorpresa no termina en el Palacio. La Real Fábrica de Cristales es otro de esos lugares que rompen prejuicios. Muchos piensan que es un museo, pero sigue activa, y de sus hornos salen maravillosas lámparas, objetos y también los envases de perfumes que luego brillan en escaparates de París, Nueva York o Milán. Pensar que esos frascos destinados a las manos de celebrities y diseñadores surgen en este pueblo, un contraste delicioso. Ese es el verdadero glamour: lo artesanal hecho símbolo global, sin alfombra roja… Y para muestra, el reciente acuerdo con Zara Home, que lanzó junto a la Real Fábrica una colección de vidrio soplado artesanal. Una edición limitada que demuestra que la tradición también puede ser tendencia. Porque no todos los días un oficio del siglo XVIII termina en los escaparates más modernos del mundo, y aquí pasa con absoluta naturalidad: de los hornos de La Granja a tu mesa de comedor.

Aquí las horas no las marca el despertador. Las campanas se encargan de recordarte que el tiempo pasa. Yo, que siempre perdía la batalla contra los relojes de oficina, ahora pienso en la colección de la Reina Isabel de Farnesio en el Palacio y sonrío. Ella coleccionaba relojes, yo colecciono campanadas. Gratis y sin pilas. Y la vida cultural tampoco decepciona: las Noches Mágicas llenan las plazas de música bajo las estrellas, las fiestas del pueblo te devuelven a la maravillosa adolescencia -aunque las rodillas digan otra cosa- y las exposiciones aparecen en los rincones más insospechados, casi como una sorpresa que te espera en cada esquina. Y si eso no bastara, puedes ir a Valsaín para sus fiestas de verano y ver a los cortadores de troncos en plena exhibición: puro espectáculo rural que tiene más emoción que cualquier clase de crossfit urbano.

LA FARM 360º

De este entorno nació La Farm 360º, un proyecto que no se entiende como un negocio aislado, sino como una forma de vida. Empezamos con la rehabilitación de edificios olvidados y casonas detenidas en el tiempo que ahora están llenas de vidas e historias y cotilleos vecinales. Seguimos con el Hotel La Farm, de 16 habitaciones en el que cada detalle respira calma y autenticidad. En breve abriremos el Hotel Faisanera Golf, con 31 habitaciones, perfecto para quienes quieren despertar con vistas al campo y un lugar donde transformar tu bienestar.

Y más allá de las camas, sumaremos más viviendas. La Farm Real State es una de las piezas clave del proyecto: la rehabilitación de viviendas. Devolver la vida a cinco casonas que llevaban años olvidadas no solo ha traído de vuelta la historia, también a más de treinta nuevos propietarios que lo tuvieron tan claro como nosotros: quedarse en La Granja no es una excentricidad, es puro sentido común. Con nuevos proyectos inmobiliarios en marcha y rescatando otros que parecían destinados al olvido, asegura que el pueblo no sea solo un escenario bonito, sino un lugar donde la gente vive, trabaja y se queda. Y sí, vendrán más viviendas y más hoteles. El futuro, en La Granja, no se imagina: se restaura, se construye y se reinventa. Pero lo que de verdad me gustaría transmitir es: dejar de ser turista y convertirse en vecino.

La Farm 360º integra todo lo que hace falta para darle sentido a esta nueva forma de habitar un pueblo. Está el Centro de Belleza y el Estudio de Pilates, que nos recuerdan que el bienestar no se compra en cápsulas, sino que se construye con tiempo y constancia. Están los eventos. Y está el campo de golf, La Faisanera Golf, que no es solo deporte, sino también la excusa perfecta para largas conversaciones y nuevas amistades.

Entre las joyas está La Farm Studio, una antigua iglesia desacralizada que hoy tiene otra misión: ser escenario de conciertos íntimos, reuniones culturales, celebraciones, bodas y eventos de empresa. El espacio no ha perdido solemnidad, solo la ha transformado. Reunir a vecinos, artistas y profesionales bajo esas paredes tiene algo de espiritual, aunque en la agenda lo llames «evento corporativo»: el WOW efecto está garantizado.

Trabajar en este entorno es una experiencia en sí misma. La Granja no es un decorado: es el marco real de nuestro día a día. Y sí, a veces a las once y media de la noche sigo en la oficina. Qué suerte, pienso, nadie me molesta. Claro que tampoco nadie viene a echarme: libertad total para seguir trabajando cuando todo el pueblo duerme. Ironías de los cincuenta, cuando descubres que la independencia también te ata… pero con gusto. Nunca comprendí esa frase «Elige un trabajo que ames, y no trabajarás ni un solo día en tu vida». Ahora sí, ahora sí empiezo a entenderla.

Lo más valioso es que no lo construimos solos. La Farm 360º se apoya en el personal local, la mayoría del equipo son mujeres mayores de 50, en alianzas con empresas, con marcas amigas y exclusivas que comparten nuestra visión, en nuestra forma de ser coherentes conscientes del medio ambiente, en cuidar el desperdicio alimentario, ayudar al ahorro energético, en ser inclusivos y, lo más importante, con las tiendas locales, que son el pulso verdadero del pueblo. Porque en La Granja la vida no se inventa ni se compra: se construye en comunidad, con vecinos, con artesanos y con la gente que siempre estuvo aquí.

Hoy puedo decirlo con claridad: no quiero ser turista. No me interesan los selfies ni las prisas por tachar monumentos de una lista. Quiero vivir en un lugar donde el lujo sea que el Palacio esté a la vuelta de la esquina, que las campanas hagan de despertador y que los vecinos sean cómplices de una vida auténtica.

A los cincuenta y tantos descubrí que se puede reinventar la manera de habitar y de emprender en un pueblo, y que la mejor manera de hacerlo es con proyectos que mezclen trabajo, ocio, cultura y comunidad.

Atentos, atentos, que pronto acabará convirtiéndose en mi primera residencia. Y si quiero un plan distinto… en 27 minutos estoy en el Bernabéu, en La Puerta de Alcalá o a los pies del Acueducto de Segovia.

Y si me entra la nostalgia, en minutos ya estoy cenando un arroz en Torrecaballeros, montando en globo, dando un paseo a caballo en la hípica Eresma, haciendo canoa en el Duratón, pedaleando con Naturcleta o cenando como un rey en el restaurante Reina, recientemente nominado al premio The Fork como la mejor apertura 2024.

Aviso, y el que avisa no es traidor: tal vez no, no vengáis; en un pueblo como La Granja me temo que no hay nada que hacer.

Compartir artículo

Artículos relacionados